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FamososLech Walesa, Balzac, Miguel de Cervantes, Simone de Beauvoir, Miguel Angel, Marcel Proust, Tirso de Molina, Mark Twain, Groucho Marx, Beatriz Galindo, Eva Perón, John Ford, César Borgia, James Dean, Liszt, Paul Valery, Mussolini...Franz Kafka Año de nacimiento: 1883 Los cabra rehuyen la popularidad, rechazan la sensación de ser centro de atención rehusando a formar parte de la gente conocida. Franz Kafka fue un gran desconocido para toda una ciudad, para todo un continente, para toda una época y, sin embargo, fue el mejor definidor de todo nuestro universo en el periodo triste de la entre-guerra, de la ascensión de los totalitarismos y de la preparación de la matanza en masa. Por lo visto, para los cabra no hay forma de escapar a todas las circunstancias que se llamarán después para simplificar, destino. Franz Kafka tuvo que soportar la enfermedad de sus días, la dureza de una religión familiar, el triste entorno social de su gente, el acoso de la vulgaridad de un trabajo sin gracia y de una ciudad, su Praga sin encanto. Tuvo que ajustarse a lo limitado de su destino, tan similar al de millones de seres englobados en las mismas coordenadas de tiempo y lugar, sin poder elegir más que en la dirección infinita, pero solitaria, de su labor de descripción de lo indescriptible. Tras su muerte, mucho después, su apellido ya sirve para designar -a la perfección- el absurdo mundo en el que estamos sumergidos. Llamamos kafkiano al mundo cotidiano en cuanto este se escapa de la razón simple, de la lógica sencilla y entra en la órbita enmadejada de los mecanismos desconocidos. Un nombre, sin sentido fuera de la familia, se convierte en el cúmulo de significados que explican, a priori, los inmensos horrores creados por el hombre para enfrentarse al hombre. Este humilde cabra ha tenido que ser el que bautizara a la siniestra criatura de la sinrazón y lo ha hecho sin que el autor pudiera siquiera sospechar la importancia de su propio apellido cuando él ya no está presente. Franz Kafka llegó a pedir, a su más querido amigo que su obra quedara inédita en parte, que se destruyese gran número de sus originales, que aquellas reflexiones tan íntimas no llegaran jamás a la vista de personas extrañas de círculo mínimo de sus amigos. Su modestia le hacía exigir ese acto de pudor posterior, para que nada quedase, como él creía posible, de su paso por la tierra. Y, como los humildes y nada brillantes cabra, Franz Kafka fue un empleado modelo, un hombre que realizó a la perfección su trabajo y que gozaba haciéndolo bien. No es un dragón que tiene que aguantarse con su negra suerte, o un caballo que no puede lucirse. Antes bien al contrario, el cabra cumple con discreción y elegancia el cometido que le ha tocado y no se rebela contra esa obligación, porque forma parte de su forma de ver las cosas, de hacerlas según el rito y el protocolo. Incluso, en su mansedumbre había otra virtud más: la de despreciar la pompa y la ostentación en la creación literaria, sin poder soportar a los renombrados escritores académicos del momento, a los que odiaba cordialmente, como bien decía en sus cartas a Felice Bauer, su amor y su corresponsal diaria. Desde luego, él no podía convivir tranquilamente con un mundo tan afectado y anclado en la tradición como aquella centro-Europa de principio de siglo, en una belle epoque que no lo era tanto en los días cercanos a la Gran Guerra y que sería aún más problemática durante ella y después de ella. Los cabra son gente realista por encima de todo. No se dejan acunar en sueños hermosos, si son falsos, ni se evaden con trampas, por dulces que parezcan. La realidad de Franz Kafka es mucho más rica que la de la inmensa mayoría de sus contemporáneos y que la de sus sucesores, desde luego. Su realidad, que aparentemente es un sueño de la razón, no es más que una radiografía profunda y cierta de toda una era de la historia. Esa radiografía es el análisis cierto y exacto de un momento de nuestra vida, como Humanidad, en la que el hombre escapa de la mesura y queda atrapado en una red compleja e inhumana en la que nada se hace gratuitamente, porque lo que no tiene sentido -aparentemente- si tiene una razón de ser. Son los invisibles señores los que han montado la gran ceremonia de la confusión, pero no por capricho o por vicio, como Calígulas de hoy, sino por la necesidad de tener una continua cortina de humo tras la cual se desvanezcan sus verdaderas intenciones y se difuminen las verdaderas metas a alcanzar. Este sentido kafkiano de la realidad no lo parece a primera vista y se podría suponer, en muchas ocasiones, que Franz Kafka es el rey de la pesadilla, el mayor creador de la ficción fantástica. Los cabra son gente escéptica, pero lo son no por abandono de la fuerza en pro de la verdad, sino por su realismo, por el conocimiento íntimo que tienen de ellos mismos, de sus camaradas y de sus enemigos. |
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